Se despidió la edición con menos refugio en el chamamé

Se fueron las diez noches de la 35° Fiesta Nacional del Chamamé y dejó abierta una polémica que se extenderá por un buen tiempo, ¿incorporar otros géneros? La presencia de artistas como Los Nocheros o Los Tekis encendieron alarmas.

Terminó la 35° Fiesta Nacional del Chamamé, 21° del Mercosur y quinto grito mundial, y con esta edición quedó una correntada de disidencias y contradicciones sobre el verdadero espíritu de esta edición. Anoche, al cierre de esta edición, concluía la última jornada con un anfiteatro repleto que hizo colapsar todo en su interior.

El anfiteatro Cocomarola es el altar de la Fiesta Nacional del Chamamé, una celebración, una exaltación de la cultura chamamecera, y que, por el contrario, no es un mero festival. Su solemnidad busca, entre otras cosas, salvaguardar su expresión, tal como se presentó, a modo de sagrada biblia, en el dossier para su postulación como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad a UNESCO.

Mientras que desde otras celebraciones argentinas y de países limítrofes destacan la autenticidad de esta celebración, un bien cultural preciado que pocas regiones ostentan, en Corrientes se cumple la ley de que “nadie es profeta en su tierra”. En un escenario donde se debería “venerar” a esta cultura, se optó por un “chamamé pagano”, lleno de ruidos, letras de compositores latinoamericanos y músicos de limitados talentos; además de poner en escena principal a grupos de otros géneros, algo impensado desde la gestación de esta fiesta, hasta los dos últimos años.

Y en este punto, es necesario destacar, que si bien es muy bueno que la fiesta tenga un éxito de convocatoria, su verdadero valor no está en los “cortes de tickets”, sino es la posibilidad de que su genuina expresión, sea como expresó el lema “refugio de identidad”. Pero además, es necesario y de gran importancia, que la visibilidad que ofrece el escenario Sosa Cordero, sirva para poner luz, al género chamamecero a los ojos del mundo, para una música que sigue siendo castigada por propios y ajenos.

El chamamé no evoluciona arrimándose a otros palenques, por el contrario, la involución de esta música quedó en evidencia cuando la usan de trampolín para esconder la frustración de artistas que quieren hacer otros géneros, pero que buscan el “atajo” con estas extrañas fusiones. Es cierto que hay público que disfruta de esta música (que, por su ritmo y letra no es chamamé), pero para ello se puede armar un festival o poner en movimiento la capacidad creativa de los organizadores para darles espacios durante todo el año en distintas celebraciones. Al fin y al cabo, quienes pensaron esto, también están buscando “atajos” para llegar a un “éxito” híbrido y de momento.

La Fiesta Nacional del Chamamé evolucionó en torno a una construcción conceptual que tuvo su inflexión en 2004, y que desde entonces, cada año su techo era el piso de la siguiente edición. Esta gran vigencia de la fiesta se construyó, bajo un solo concepto, respetar al chamamé, a los chamameceros y al pueblo que se identifica con esta cultura.

Por ello, es necesario respetar su verdadera esencia, su diversidad, su ritmo, su danza y su poesía. Ser honesto con la identidad es una gran virtud que requiere cierta sabiduría, para conservarla y compartirla. Este escenario siempre es generoso con quienes quieran venir a compartir chamamé y no es necesario desvirtuar su esencia, el chamamé es grande por sí solo, hay que tratarlo como lo es y con el respeto que se merece.